Después de dos años regresan al cerro por el camino obligado. Casi voluntariamente. Sin que nada lo hiciera prever, durante el día sufrieron reminiscencias y luego la necesidad, el impulso irracional. Quizá una epifanía o el hechizo perentorio que emerge de las catacumbas de la mente.
Aquella noche todavía entibia la celda de sus recuerdos; en ocasiones la calienta entre la excitación y el temor cuando la memoria ataca. Un margen de culpa por lo cometido. Un estremecimiento repentino. O el brumoso recuerdo que no obstante se enanca empecinadamente en la conciencia.
Evaporados los delirios escabrosos del alcohol que, sin embargo, no han desaparecido totalmente a pesar del tiempo transcurrido, vuelven como vahos nocturnos. Apenas dos años, de septiembre a septiembre. El mismo viento, el mismo cielo nublado que anticipa lluvias a través de la garúa que cada tanto cobra cierto ímpetu.
Otra mala noche. Sea por idéntico clima aciago o porque al retomar el sendero se revive la tragedia; o porque puede que Wekufe ande por ahí, merodeando, buscando embriagarlos de odio nuevamente o quizá a la espera de venganza mientras los haces de las linternas serpentean entre los árboles vivos y los troncos muertos.
A mitad de camino comienza a acecharlos la inquietud, un dejo de incertidumbre y retazos de temor que se transfieren con cada paso, con cada balbuceo, que lenta pero inexorablemente se irán transformando en mantos de terror hasta el terror puro, destilado.
Pero todavía no; aún hay, de tramo en tramo y de cuando en cuando, alguna sonrisa nerviosa por un tropiezo, una duda ante las previstas encrucijadas que ofrece el camino y que, a pesar de conocidas, se trastocan laberínticamente con la noche cerrada.
Las pupilas se fuerzan ante la oscuridad apenas rayada por hilos plateados de luz led y subvierten las sombras en espectros semovientes. Gamas oscuras, matices del negro que nunca deja de ser tal; manchas enormes pero volubles y superpuestas a la tiniebla propia de la penumbra sin Luna ni esperanza.
Echan un vistazo a sus celulares y de a ratos tienen señal, de a ratos no. Nunca hay buena comunicación por estos lares; más bien todo lo contrario: la incomunicación es la norma, el estilo. Mucho menos a esa hora, cuando es difícil para cualquier cosa atravesar el muro de la noche.
Avanzan, así, a duras penas y casi a tientas a pesar de las linternas que siguen siendo diminutas ante la cerrada y nocturna inmensidad del bosque y del cerro y del universo que se cierne más allá del ramaje entreverado.
Los espectros informes, que son uno y son legión, en realidad aún cruzan las montañas o las atraviesan, encarnados sucesiva e interminablemente en cada guijarro y piedra, en cada arbusto y árbol, bestia pequeña o grande de la selva húmeda enmarañada por turbiones; viento y algún chubasco inesperado de aguanieve en cualquier punto del recorrido.
Ellos no lo saben aunque puede que inconscientemente lo sospechen, pero el monstruo se aproxima, avanza con el bosque y las ánimas que lo habitan, aunque él o ellos no la tengan. Wekufe se confunde –porque también es pura confusión– con los elementos, se monta en ellos y los cabalga. Ha surgido del caos, liberado por la batalla entre espíritus ancestrales.
Ellos también avanzan tratando de discernir lo indiscernible entre la maleza que con la llegada de la primavera se va densificando a pesar del frío cuando cae la noche, casi permanente. Telaraña vegetal que amenaza envolverlo todo; como si fuese una espuma verdosa en la que no hay otra salida que la posición fetal cuando todo lo abarque y lo contenga. O lo aprisione hasta la asfixia.
La arboleda al costado y por detrás y al frente del sendero a Trompul se agita por las frías y húmedas ráfagas que todavía en septiembre o precisamente en septiembre llegan del Pacífico, remontando la cordillera y deslizándose hacia el Este por los faldeos de las cumbres, donde el bosque comienza a reverdecer entre los últimos charcos de nieve. Siempre regresan, las ráfagas y el espino, intrínsecamente condenados al eterno retorno.
Y ellos, ¿por qué vuelven? En verdad no lo saben, no logran discernirlo; ni siquiera se lo preguntan. Surgió de pronto tras una jornada de recuerdos evanescentes pero compulsivos. Cenaron y se enviaron mensajes por Whatsapp y descubrieron que ambos habían pasado el día pensando en lo mismo: regresar al sendero después de dos años. Determinación de la suerte.
Dejaron los autos contra el alambrado de la planta de tratamiento y acá están, a medio camino y en medio de una noche de septiembre, esperando que el aguacero se desate en cualquier momento, a pesar de lo cual no se proponen un retorno prematuro a la seguridad vencible del hogar en el que cada uno debiera estar. Al contrario, una desconocida pulsión los empuja hacia adelante.
Avanzan. Se sumergen más y más en la espesura mientras Wekufe sigue disparándose hasta el fatal encuentro. Buscan infructuosamente, por ahora, el sitio exacto donde ocurrió el accidente, como lo llaman o han llamado alguna vez, cuando se animaron a ponerlo en palabras. No están seguros de poder identificarlo.
Avanzan y mientras tanto van recuperando pasos, deshilvanando el pasado cercano hasta llegar a su centro; o eso imaginan sin ser conscientes el uno de la imaginación del otro. Es el destino, la fatalidad que los une simbióticamente. Víctimas y victimarios.
De pronto, donde el sendero se angosta como borde al acantilado que se precipita perpendicular hacia el lago flanqueado por troncos perpendiculares, se detienen en seco. Los dos. Es ahí, en ese punto exacto donde se la cruzaron aquel crepúsculo de lunes o martes, no recuerdan con exactitud. Sí que era otra primavera.
Huilén regresaba de la escuela a su hogar en el paraje, caminando, como todos los días. Ellos descendían, borrachos. Y la atacaron. Primero con burlas y ella no respondió. Enseguida con insultos y ella apuró el paso. Luego con amenazas y ella quiso correr, pero los jóvenes la alcanzaron y la tomaron de ambos brazos, con promesas de un inexplicable castigo.
Huilén comenzó a gritar cuando ellos la manoseaban. Pero le taparon la boca mientras observaban las pupilas aterradas con sus propios ojos desorbitados y enrojecidos de alcohol y codicia. Ella se derrumbó y ellos sobre ella, hurgando entre las ropas, buscando ultrajar la inocencia.
Mordió la mano que cerraba sus labios y uno de ellos gritó. Presa de furia incontenible, golpeó el rostro adolescente una y otra vez, con el puño cerrado, mordido. Hasta quedar agotado. La sangre brotaba de la boca, de la nariz, de los pómulos. Sangre roja y espesa, igual a la de sus nudillos.
Arrastraron el cuerpo inerme hasta el borde del camino; sin decir palabra lo arrojaron al vacío, confiando irracionalmente en el olvido. Tras los crujidos de huesos y arbustos secos, solo obtuvieron un momentáneo silencio. Corrieron. Ya no hablaron de aquello.
Pero Wekufe también ha vuelto. Es caos, terror pero también venganza. Wekufe es la fuerza primordial desatada, la encarnación de lo que el wingka llama bing-bang. Es el agujero negro en la negra e insondable espesura de la selva. Es el abismal Mag Mmapu vuelto sobre la superficie donde viven y perecen los hombres; donde finalmente, cuando se hayan cumplido los tiempos, no habrá quedado nada más que devastación; ni sombras de sombras.
Wekufe es sí mismo, su propia cualidad maligna, la esencia y la sustancia que vuelven vindicación para hacer justicia, atravesando una maraña de robles y raulíes que emanan sus almas en el viento, al igual que el pehuén milenario alimenta nuevas ráfagas monstruosas que se corporizan de la nada, zumbando gritos ancestrales, dolores indecibles originados en tiempos pretéritos que resuenan por la eternidad.
El bosque revive, brota y se multiplica. También las montañas, lagos y ríos de dolor acumulados en un único e inextricable océano que todo lo abarca, que todo lo comprime en un solo punto del universo que es el universo mismo, su origen y término.
Y allí está la bestia primordial, tomando cuerpo como fruto o engendro de la noche, para cobrar lo que le pertenece y siempre le ha pertenecido y le pertenecerá: vida para alimentarse, para consumarse.
Ellos la sienten. Intuyen también que ella los ha convocado a ese lugar y a ese instante para desatar un escarmiento premonitorio que anticipa, de algún modo incomprensible, todas las venganzas.
Inmóviles ante el abismo, escuchan el crepitar de las hojas, el ruido seco de las ramas al quebrarse, el aullido del viento al sacudir lengas y coihues que parecen cobrar vida para proyectar sombras fantasmales. Todas señales que anuncian el acecho de Wekufe. Pero ellos no lo saben hasta que es demasiado tarde.
Lo ven. Los ataca envolviéndolos con sus enormes garras; les rompe los huesos de los miembros que enseguida desprende para masticarlos con sus fauces sedientas. Muerde los vientres y extirpa los órganos; desgarra la carne de los jóvenes cuerpos a merced de la furia milenaria, del destino inexorable.
Ellos gritan, sufren lo indecible durante un instante semejante a la eternidad. Mueren. Brutalmente deshechos.
Los alaridos de espanto y de dolor se esparcen en la noche mientras el aguacero desatado limpia la sangre y el bosque inicia el proceso para disolver los restos humanos, los jirones deshilachados en la savia que circula por sus vasos, venas y arterias interconectadas hasta el infinito. Nutrientes humanos.
En el paraje, a lo lejos, el kalku escucha el eco de los gritos que trae la ráfaga que golpea su rostro curtido. Se solaza tristemente con lo hecho. Sonríe bajo la tenue lluvia con un rictus de amargura en los labios. Satisfecho, en cierta medida. Sabe que su hija lo hubiera querido así. Vuelve a la casa. Luego de dos años de pesadillas, de tormentos en realidad seculares, al fin concilia el sueño cuando la noche se calma.
